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Relato de una voluntaria: cómo es ser voluntario de hospicio

Jessica Ramos cree que lo mejor que uno puede hacer por sí mismo es servir a los demás. Tiene unos 30 años, está casada y cumple con entusiasmo el papel de madrastra. Pero varios años atrás tuvo un bebé que nació muerto y sufrió un aborto espontáneo que la dejaron desolada.

Decidida a no deprimirse ni sentir lástima por sí misma, y como en ese momento no estaba trabajando, Jessica ingresó a VolunteerMatch.org para buscar algo para involucrarse de lleno, algo que la distrajera de su propia tristeza. Habla muy bien inglés y español y vive en el condado de Miami-Dade, Florida. Seguramente alguien necesitaría su ayuda.

Aprovechar la oportunidad

Hizo clic en un anuncio de VITAS, pero cuando recibió una llamada de Cathy Agosti, administradora de servicios de voluntarios de VITAS en el condado de Miami-Dade, Jessica tuvo que buscar hospicio en Google. No estaba segura de lo que era. "Pero siempre he estado rodeada de ancianos y enfermos", pensó. "Soy buena para sentir las energías, y los pacientes se dan cuenta". Así que aprovechó la oportunidad. 

Participó en un día de orientación con un grupo de unos diez voluntarios nuevos de distintas edades, desde estudiantes de secundaria hasta adultos mayores. They learned what their role as volunteers would be, what the legal and medical ramifications are for volunteers, and what it’s like to visit a hospice patient or his or her family.

Si bien los voluntarios en general trabajan entre una vez por mes y una vez por semana, Jessica se anotó para visitar a cuatro pacientes tres veces por semana, todos residentes del mismo piso en un centro cerca de su casa. Su administrador de casos de VITAS la acompañó en su primera visita para presentarla y ayudarle a entablar relaciones. 

Tomarse su tiempo con los pacientes 

Un paciente, tan solo diez años mayor que Jessica, se estaba muriendo de cáncer, estaba enojado y lo manifestaba con su comportamiento. El administrador de casos fue amable, gentil y mantuvo la calma. "Tomé la forma de desenvolverse del administrador de casos como guía", dice Jessica. "En lugar de sentirme fuera de lugar, acepté el desafío de este paciente. Cuando recibí la llamada avisándome de que había muerto esa noche, lamenté no haber tenido mucho tiempo con él".

Así que se concentró en los tres pacientes que le quedaban, todos ancianos. Jessica los visitó como voluntaria tres veces por semana durante casi cuatro meses, hasta que ella y su marido se mudaron al condado de al lado. En cada visita como voluntaria se quedaba con cada paciente cerca de una hora.

Jessica les llevaba regalitos cuando los visitaba cerca de Navidad o el Día de San Valentín. Pero su mera presencia hacía que los pacientes sonrieran. No recordaban su nombre, pero todos estaban encantados de verla.

Sophie, Margaret y Wilson

Sophie, en una silla de ruedas, era procedente de Cuba. Su esposo la visitaba todos los días durante el almuerzo, así que Jessica también llegó a conocerlo bien. Margaret, que era de Panamá, tenía hijos que vivían en el área pero anhelaba recibir más visitas. Le encantaba que Jessica viniera simplemente a sentarse a charlar. 

Pero fue con Wilson que Jessica aprendió sobre ser útil. Wilson estaba postrado en la cama. Tenía Alzheimer y TEPT. Le daban morfina para el dolor y dormía. Jessica lo animaba lo mejor que podía cuando llegaba.

Había oído que la música puede ayudar a los pacientes con Alzheimer, así que le preguntó qué tipo de música le gustaba, y Wilson masculló "música country". Así que le llevó algo de Clint Black. Walter era de Michigan, así que buscó imágenes de Michigan en Google y las miraban juntos.

Pero Wilson seguía sin reaccionar. Jessica acudió a su administradora de voluntarios para preguntarle qué podía hacer. Cathy le aseguró que simplemente sentarse juntos, incluso si ninguno dice ni una palabra, puede ser importante para un paciente como Wilson. Jessica no estaba convencida. 

Para cuando Cathy la llamó para decirle que había otro paciente con un poco más de reacción al que Jessica podía visitar, Jessica había aceptado la situación con Wilson. Y consigo misma.

"Cuando comencé a trabajar, creí que debía lograr algo", dice ahora. "Quería que Wilson se comportara de cierta manera y me sentía mal cuando no lo hacía. Pero tenía que apreciar a Wilson por quién era. Estaba allí para cubrir las necesidades de Wilson, no las mías". 

La propia recuperación

Al final, Jessica también encontró lo que ella necesitaba. "Definitivamente pude recuperarme de mi propio dolor, y encontré más de lo que buscaba", dice. "Y volveré. Extraño Miami-Dade, pero me reuní con un administrador de voluntarios en el programa de VITAS en el condado de Broward, y voy a inscribirme como voluntaria allí. 

"Incluso con Wilson", dice, "sé que llegué a él".   

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